- De todos modos, Su Majestad necesita una chica-puedo. Y yo no lo soy.
- ¿Una chica-puedo? - Andrea enarcó las cejas y yo me incliné sobre el respaldo.
- ¿Puedo traerle la comida, Su Majestad? ¿Puedo decirle lo fuerte y valiente que es Su Majestad? ¿Puedo quitarle las pulgas, Su Majestad? ¿Puedo besarle el culo, Su Majestad? ¿Puedo...? - Caí en la cuenta de que Rafael estaba sentado rígidamente, inmóvil como una estatua, con la mirada fija en algún punto sobre mi cabeza. - Está detrás de mí, ¿verdad?
Andrea asintió lentamente.
- Técnicamente, debería ser podría - dijo Curran, con una voz más grave de lo que recordaba - ya que estás pidiendo permiso.
Caminó hasta entrar en mi campo de visión, fue a coger una silla de la mesa de al lado, pero se la encontró atornillada al suelo. Tiró de la silla y la arrancó del cemento con una sola mano, dejando cuatro tornillos que sobresalían del suelo. Puso la silla junto a la mía, con el respaldo hacia delante y se sentó en ella como si montara a caballo, cruzando los brazos sobre el respaldo para mostrar sus abultados biceps.
¿Por qué yo?
- Para responder a tu pregunta, sí, puedes besarme el culo. Normalmente, prefiero conservar mi espacio personal, pero tú eres una amiga de la Manada y tus servicios han demostrado ser de utilidad en una o dos ocasiones. Mi única pregunta es, ¿me besarías el culo por obediencia, por acicalamiento o como un preliminar del acto sexual?
***
- Si mi padre supiera que me he metido aquí deliberadamente, en esta situación, por el bien de otra persona, se consideraría a sí mismo un fracasado.
- ¿Por qué? - Jim me miró de nuevo.
- Porque desde que aprendí a andar, me enseñó a confiar tan solo en mí misma, a no establecer relaciones ni ningún tipo de nexos con ningún otro ser humano, incluyéndole a él. Solía enviarme sola a los bosques durante varios días sin más compañía que un cuchillo. (...)
Jim me miró fijamente.
- Los amigos son algo muy peligroso - le expliqué - Sientes responsabilidad hacia ellos. Quieres mantenerlos a salvo. Quieres ayudarlos y ellos te hacen perder el equilibrio, de modo que lo siguiente que sabes es que estás sentada aquí llorando, porque no has llegado a tiempo. Te hacen sentir impotente. Por eso mi padre quería convertirme en una sociópata. Un sociópata no tiene empatía, tan solo se concentra en sus propósitos.
- Pues al final no resultó como él quería - dijo Jim en voz baja.
- No. Su entrenamiento tuvo un error fatal: se preocupaba por mí. (...) - Tengo esa imagen de lo que mi padre quería que fuera y nunca podré estar a la altura. Ni quiero. Juego según mis propias reglas, me defiendo con ellas. Ya es bastante difícil así.
***
- ¿Tú sientes miedo, Kate?
- Siempre
- Entonces, ¿por qué lo haces?
- El miedo es dolor. - Suspiré. - Hace daño. Me sumerjo en él y lo uso, como una piedra de amolar deslizándose sobre la hoja de una espada. Me hace sentir mejor, más consciente. Pero no puedo estar asustada demasiado tiempo o me sobrepasaría.
- ¿Y cómo consigues librarte de él?
- Matando
- ¿Así? ¿Sin un noble propósito? - Sus ojos azules me lanzaron una extraña mirada, a medio camino entre el terror y la sorpresa.
- No siempre existe un noble propósito. A menudo, hay una razón, la necesidad de salvar a alguien o algo: tu amigo, tu amante, un inocente que no merece resultar herido. A veces es una razón puramente egoísta Uno puede luchar por fortalecer su cuerpo, por su buen nombre o por su cordura. A veces, es solo un trabajo, pero decidir luchar y hacerlo son dos cosas bien distintas.
- ¿Cómo puedes vivir así? Parece insoportable.
Me encogí de hombros.
- Al igual que tú, no albergo ilusiones. Me concibieron, nací, crecí y fui entrenada con un único propósito en mente: convertirme en la mejor asesina posible. - Y finalmente poder matar a ---, el hombre más poderoso de la tierra.
